Volver a vivir el resto de nuestra propia vida cuando algo de ella ha sido amputada es una calamidad. Porque aunque los hábitos cambien y las cicatrices sanen, y quizá la carne haya vuelto a su lugar, los reflejos quedan. Un fantasma del tajo que sigue sintiéndose, pero que al igual que una pierna perdida más vale nunca volver a confiar que esta sigue ahí.
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